Por Isaac Guerra
Hay nombres que prometen mucho. Movimiento Ciudadano es uno de ellos.
El problema aparece cuando el nombre termina siendo más ciudadano que el propio partido.
Se presentó como alternativa a la vieja política, con el discurso de escuchar a la gente y hacer las cosas diferentes.
Muy bonito.
Pero gobernar y hacer política no se trata de decir que se escucha. Se demuestra cuando un ciudadano toca la puerta.
Cuando presenta un escrito, reclama, pide una respuesta o exige que una autoridad cumpla.
Porque si para ser escuchado hay que insistir, mandar oficios, buscar funcionarios y esperar a que alguien responda, la pregunta es inevitable:
¿Qué cambió? ¿El color? ¿El logotipo? ¿La estrategia?
Porque si detrás del discurso siguen las mismas prácticas, estamos ante la vieja política con ropa nueva.
Y esto no significa que todos sus militantes sean iguales. Seguramente hay funcionarios y legisladores que trabajan y creen en sus principios.
El problema está en la estructura.
Un partido no se mide por lo que dice en sus espectaculares.
Se mide por lo que hace cuando nadie está tomando la fotografía.
Cuando un ciudadano reclama, cuando hay un documento sobre la mesa y cuando alguien exige respuestas.
Ahí se acaba la propaganda y empieza la realidad.
Movimiento Ciudadano ya no es un pequeño experimento político. Es una estructura partidista consolidada. Y precisamente por eso hay que exigirle más.
La ciudadanía no necesita partidos que le expliquen lo ciudadanos que son.
Necesita que se lo demuestren.
No necesita propaganda: necesita respuestas.
No necesita fotografías: necesita soluciones.
No necesita políticos diciendo que son diferentes: necesita que sean diferentes cuando nadie los está viendo.
Porque el ciudadano no pertenece a Movimiento Ciudadano.
Movimiento Ciudadano existe porque existen ciudadanos.
Por eso la pregunta no es qué tan ciudadano es Movimiento Ciudadano.
La pregunta es mucho más incómoda: ¿Qué tanto importa el ciudadano dentro de Movimiento Ciudadano?
Si alguien considera injusta esta crítica, que no responda con propaganda.
Que responda con hechos.
Que abra las puertas, atienda los reclamos, responda los escritos y rinda cuentas.
Que demuestre que el ciudadano no es solamente el protagonista del nombre.
Porque mientras eso no ocurra, Movimiento Ciudadano corre el riesgo de convertirse precisamente en aquello que dijo que venía a combatir: otro partido político más, con ciudadanos en la fotografía y políticos tomando las decisiones.
Y entonces queda lo de siempre:
Vota, espera y cállate.
La vieja historia… con nuevo logotipo.