¿Desarrollo o defensa del medio ambiente?
Por Isaac Guerra
Hay pueblos que crecieron y se modernizaron.
Y hay pueblos que, antes de entregar su territorio a la mancha urbana, parecen haberse preguntado algo que otros municipios de Nuevo León nunca se preguntaron:
¿Hasta dónde queremos crecer?
Porque una cosa es el progreso.
Y otra muy distinta es confundir progreso con llenar de fraccionamientos cada metro cuadrado disponible.
Eso es precisamente lo que hoy pone a Higueras, Nuevo León, en el centro de una discusión que debería importarles a todos.
TRASCENDIÓ QUE HIGUERAS DIJO: AQUÍ NO
De acuerdo con información que llegó a esta columna, el Ayuntamiento de Higueras habría tomado una decisión que, de confirmarse oficialmente en el acta correspondiente, marcaría una diferencia frente a la expansión urbana que está devorando buena parte de la periferia de Monterrey:
no permitir la construcción de nuevos fraccionamientos en su territorio.
Las actas oficiales todavía no están disponibles públicamente, por lo que habrá que esperar el documento para conocer los términos exactos del acuerdo.
Pero si así ocurrió, la pregunta es obligada:
¿Higueras está frenando el desarrollo o está protegiendo su patrimonio ambiental?
Porque quizá estamos viendo las dos caras de una misma moneda.
EL PROBLEMA ES QUE LOS PUEBLOS SE ESTÁN CONVIRTIENDO EN CIUDADES
Volteen hacia General Zuazua.
Lo que durante décadas fue un pueblo tradicional del norte de Nuevo León comenzó a recibir casas, fraccionamientos, comercios, tráfico y una población completamente distinta.
La modernidad llegó.
Pero con ella también llegaron las consecuencias de cualquier expansión urbana acelerada:
más pavimento, más vehículos, más consumo de agua, más residuos, más drenaje, más emisiones y menos territorio natural.
Y no es el único caso.
Ahí están El Carmen, Ciénega de Flores y Salinas Victoria, municipios que han experimentado una fuerte expansión urbana e industrial.
El propio Gobierno de Nuevo León reconoce la presión que el crecimiento periférico ejerce sobre el territorio y los servicios. Y en Salinas Victoria, por ejemplo, las autoridades ambientales han tenido que intervenir ante problemas relacionados con disposición irregular de residuos.
La pregunta entonces es:
¿vamos a esperar a que Higueras se convierta en otro Zuazua para comenzar a preocuparnos por lo que estamos perdiendo?
Y VOLTEEMOS HACIA SANTIAGO
Otro ejemplo está mucho más cerca de nosotros.
Santiago.
El antiguo pueblo que muchos conocimos como un lugar para ir a respirar aire diferente, comer cabrito, caminar por la plaza y seguir el camino rumbo a la sierra.
El Santiago de la Presa La Boca, Cola de Caballo y la Sierra, convertido además en Pueblo Mágico.
Pero basta recorrer hoy la Carretera Nacional para entender que aquel paisaje rural ya no es el mismo.
Negocios.
Restaurantes.
Comercios.
Fraccionamientos.
Desarrollos habitacionales.
Más tráfico.
Más vehículos.
Más cemento.
Y una mancha urbana que cada vez se acerca más a zonas que antes parecían lejanas.
El propio programa de desarrollo urbano de Santiago reconoce que su centro de población se encuentra sometido a un proceso de crecimiento.
Y mientras crece la ciudad, también crece la presión sobre los ecosistemas.
Porque la naturaleza no entiende de permisos comerciales.
Cuando se desmonta un terreno, no solamente desaparecen árboles.
Desaparece el hábitat de animales.
Se modifica el suelo.
Se altera el escurrimiento del agua.
Se fragmentan corredores naturales.
Y poco a poco la fauna silvestre queda encerrada entre carreteras, casas, negocios y bardas.
¿Y QUÉ PASA CON LA FLORA Y LA FAUNA?
Ésa es precisamente la pregunta que debería hacerse cualquier autoridad antes de autorizar un desarrollo.
No después.
Antes.
Porque cuando una máquina entra a desmontar, cuando el cerro se corta, cuando el arroyo se modifica y cuando el terreno se llena de concreto, muchas veces el daño ya está hecho.
Y en Santiago no estamos hablando de cualquier territorio.
Parte del municipio se encuentra dentro del entorno de la Sierra Madre Oriental y del Parque Nacional Cumbres de Monterrey.
Además, en 2026 surgió una denuncia ciudadana por presuntas afectaciones ambientales en la zona alta de Cola de Caballo, lo que demuestra que la presión sobre estos espacios naturales no es solamente una discusión teórica.
Entonces aparece Higueras con una pregunta incómoda:
¿Y si la mejor política ambiental de un municipio no fuera plantar árboles después de desmontar, sino impedir que desmonten en primer lugar?
NUEVO LEÓN YA TIENE SUFICIENTES PROBLEMAS DE CONTAMINACIÓN
Y aquí viene otro asunto que tampoco podemos esconder debajo de la alfombra.
La contaminación atmosférica.
Nuevo León tiene un problema serio de calidad del aire.
Y dentro de esa discusión aparece constantemente la Refinería de Cadereyta.
No estamos diciendo que toda la contaminación del área metropolitana sea responsabilidad de la refinería, porque sería una afirmación simplista.
Pero tampoco podemos fingir que no existe.
En 2024, la propia Secretaría de Medio Ambiente de Nuevo León clausuró temporalmente instalaciones de la refinería después de detectar emisiones ostensibles en una de sus chimeneas.
Y el problema ha seguido generando cuestionamientos ambientales.
La Comisión para la Cooperación Ambiental incluso recibió una petición relacionada con la aplicación de la legislación ambiental respecto a la contaminación atmosférica procedente de la refinería de Cadereyta.
Entonces tenemos una entidad que enfrenta problemas de calidad del aire, contaminación industrial, crecimiento urbano y presión sobre sus recursos naturales.
Y todavía queremos seguir extendiendo la mancha urbana sin preguntarnos qué territorio estamos sacrificando.
¿QUÉ DICEN LAS AUTORIDADES?
Aquí es donde la Secretaría de Medio Ambiente del Estado tiene que hablar.
No con discursos.
Con datos.
¿Cuántas hectáreas de vegetación se han perdido en los municipios periféricos durante los últimos años?
¿Cuántos permisos de cambio de uso de suelo se han autorizado?
¿Cuántos fraccionamientos nuevos existen?
¿Cuántas denuncias ambientales se han recibido?
¿Cuántas se han sancionado?
¿Cuántas plantas de tratamiento funcionan realmente?
¿Qué está pasando con los arroyos?
¿Qué está pasando con los mantos acuíferos?
¿Y qué está pasando con la fauna?
Porque si las autoridades conocen las fuentes de contaminación, ¿por qué algunas siguen operando sin consecuencias suficientes?
Y si saben que determinado territorio es ambientalmente vulnerable, ¿por qué permiten que la mancha urbana siga avanzando sobre él?
HIGUERAS PODRÍA ESTAR DICIENDO ALGO QUE LOS DEMÁS NO QUIEREN ESCUCHAR
Quizá el Ayuntamiento de Higueras no está diciendo:
“No queremos progreso.”
Quizá está diciendo:
“No queremos convertirnos en otra ciudad antes de tiempo.”
Porque también se vale crecer con orden.
Se vale tener industria.
Se vale tener comercio.
Se vale mejorar las condiciones de vida.
Pero también se vale decir:
hasta aquí.
El problema es que durante décadas confundimos crecimiento con desarrollo.
Y no son lo mismo.
Crecer es tener más casas.
Desarrollarse es vivir mejor.
Y si para construir miles de casas tenemos que destruir árboles, acabar con corredores de fauna, contaminar arroyos, saturar vialidades, aumentar la demanda de agua y empeorar la calidad del aire, entonces habría que preguntarnos:
¿realmente estamos progresando?
HOY LE TOCA A HIGUERAS
Por eso la decisión que trascendió en Higueras merece atención.
No para aplaudirla ciegamente.
Tampoco para condenarla.
Para analizarla.
Que se publique el acta.
Que se conozcan los argumentos.
Que se conozca el fundamento jurídico.
Que se diga qué zonas quedarían protegidas.
Que se explique qué tipo de desarrollo sí permitirían.
Y que la Secretaría de Medio Ambiente diga si esa decisión coincide con la política ambiental del Estado.
Porque si Higueras está protegiendo sus recursos naturales, Nuevo León debería escuchar.
Y si Higueras está simplemente cerrando la puerta al desarrollo sin una estrategia ambiental seria, también debe saberse.
Pero hay algo que ya no podemos seguir haciendo:
esperar a que el pueblo desaparezca debajo del concreto para comenzar a extrañarlo.
Porque eso ya pasó en muchos lugares.
Primero llegan las máquinas.
Después las casas.
Luego los negocios.
Después el tráfico.
Después la contaminación.
Y cuando volteamos hacia la sierra preguntando dónde quedaron los árboles, los arroyos y los animales…
ya no están.
Tal vez Higueras entendió algo a tiempo.
Que hay lugares cuyo verdadero valor no está en lo que se puede construir sobre ellos, sino en lo que todavía podemos conservar.
Y ésa, señores, es una discusión que Nuevo León ya no puede seguir posponiendo.