

La inexperiencia en el mando Directivo que lo ve como empresa y los cambios estructurales, la falta de seguimiento han mermado al equipo felino
Por Isaac Guerra
Hay equipos que caen por falta de dinero. Otros, por malos planteamientos tácticos. Pero el caso de Tigres de la Universidad Autónoma de Nuevo León es distinto: es un desplome que duele más porque no encuentra explicación lógica. No hay crisis económica estructural, ni una plantilla desmantelada por completo, ni un técnico novato. Y sin embargo, el desempeño deportivo y la imagen institucional han caído a niveles que ni los más pesimistas imaginaban.
Lo más preocupante no es perder. Es perder la identidad. Esa que construyeron a base de títulos, de finales disputadas, de un estilo que imponía respeto en cualquier cancha de la Concacaf o de Sudamérica. Esa mística que convirtió al Volcán en un fortín y que hacía que cada jugador sintiera la camiseta como una extensión de su piel. Hoy, ese Tigres es un espejismo.
Y ante este panorama, surgen preguntas que la directiva —esa que cambia de rostros pero no de formas— parece no querer responder.
Primera interrogante: ¿dónde está el proyecto deportivo?
Porque hasta hace unos años se hablaba de planeación, de scouting, de visión a futuro. Hoy se compra por urgencia, se vende por necesidad y se contrata por inercia. No se ve una mano que dirija el barco, sino varias que reman en direcciones opuestas. ¿Hay un proyecto escrito? ¿Hay alguien que lo supervise y lo evalúe con criterio? Las evidencias sugieren que no.
Segunda: ¿quién manda realmente en la toma de decisiones?
Los nombres de los directivos actuales no generan confianza porque no tienen trayectoria reconocida en el fútbol de alto rendimiento. No se les ve en los momentos difíciles dando la cara. Solo aparecen en fotos de protocolo y comunicados tibios. ¿Son hombres de fútbol o de escritorio? La afición tiene derecho a saber a quién le confía el destino de su pasión.
Tercera: ¿por qué se desmanteló sin plan al equipo que fue campeón?
Salidas que dolieron, llegadas que no convencieron. No es nostalgia, es lógica: si quitas piezas clave, debes traer recambios de nivel similar o superior. No ocurrió. ¿Hubo un estudio real del mercado? ¿Se priorizó lo económico sobre lo deportivo? ¿O simplemente se actuó con la soberbia de quien cree que el éxito es eterno e inamovible?
Cuarta: ¿qué pasó con la esencia que presumían?
Ese Tigres que ganaba aunque no jugara bien, que remontaba partidos imposibles, que no se achicaba ante nadie, hoy se desdibuja con facilidad. Parece un equipo frágil anímicamente, sin líderes dentro y fuera de la cancha. La mística no se compra con millones, se construye con entrega y convicción. ¿Quién la está cuidando? Porque parece que nadie.
Quinta: ¿por qué el entrenador sigue en el cargo si los resultados no acompañan?
No es un llamado al linchamiento, es una pregunta de lógica deportiva. Cuando un proyecto no da frutos, se evalúa, se corrige o se cambia. Pero aquí parece que hay una paciencia que no se explica con argumentos futbolísticos. ¿Es por cláusulas? ¿Por falta de alternativas? ¿O por miedo a tomar una decisión impopular? Sea lo que sea, el silencio no es una respuesta.
Sexta: ¿qué se planea para el futuro inmediato?
Porque si la respuesta vuelve a ser «traer refuerzos en el próximo mercado», ya conocemos el guion. No se trata de gastar, se trata de acertar. Y en los últimos años, los aciertos han sido más la excepción que la regla. ¿Hay un diagnóstico real de lo que falla? ¿O solo se apagan incendios con cubetas de agua?
Séptima: ¿se está apostando a algo o solo se administra el declive?
Porque un club de la grandeza de Tigres no puede vivir de rentas pasadas. Los títulos se celebran, pero no se comen. La cantera no produce, el estilo no se define, la afición se desconecta. ¿Hay alguien con visión de futuro o solo gestores del presente inmediato? La respuesta es incómoda, pero necesaria.
Octava: ¿y el Ingeniero Alejandro Rodríguez, dónde está?
Esta es, quizás, la pregunta que más duele y la que nadie quiere responder. Porque el Ingeniero Alejandro Rodríguez no fue un directivo cualquiera. Fue el hombre que llegó con una consigna clara: «necesitamos un perfil Tigre». Y lo cumplió. En sus dos eras al frente del equipo, sentó las bases de lo que hoy, con nostalgia, llamamos «la grandeza». Él sabía las respuestas. Él contestaba a la afición con argumentos, no con evasivas. Él tenía experiencia, pero sobre todo, tenía carácter y conocimiento del fútbol. No era un gestor de escritorio: era un hombre de fútbol, de esos que entienden que un club no se construye solo con chequera, sino con visión, con liderazgo y con entrega.
¿Por qué ya no está? ¿Por qué un hombre que demostró saber cómo se construye un proyecto ganador fue apartado? ¿Acaso su perfil incomodaba? ¿Su experiencia molestaba a quienes hoy toman decisiones sin tenerla? La afición no pide que regrese por capricho. Pide que regrese porque fue el único que, en las buenas y en las malas, demostró tener un plan. Y hoy, sin él, el barco navega a la deriva.
Novena y última: ¿cuándo van a dar la cara con hechos, no con comunicados?
Los aficionados no piden perfección, piden honestidad. Piden que se les hable claro, que se les diga qué está pasando y qué se va a hacer. Las redes sociales con frases motivacionales no llenan estadios ni ganan partidos. La credibilidad se gana con acciones, y hoy está en déficit. Y más aún cuando se ha prescindido de la única persona que, con hechos, demostró saber cómo enderezar el rumbo.
Epílogo para la afición:
No se trata de dejar de apoyar. Se trata de exigir con inteligencia. De recordar que el club es más grande que cualquier directiva, que cualquier técnico, que cualquier jugador. Pero también de entender que el silencio cómplice solo prolonga la agonía. Preguntar no es deslealtad, es amor con criterio.
Tigres necesita respuestas. Pero sobre todo, necesita que alguien, desde el poder, empiece a hacer las preguntas correctas. Y si esas preguntas incomodan, quizás sea porque la respuesta es incómoda también.
¿Habrá quien las responda? Ojalá. Porque el tiempo, como los partidos, no espera. Y el Ingeniero Alejandro Rodríguez no debería estar en el recuerdo, sino en el presente.