La doble vida de «El Pato» Zambrano. El personaje que construyó su carrera a base de escándalos y discursos bravos en redes ahora enfrenta la realidad de sus actos. Crítica a políticos con saña, pero cuando los tiene enfrente los saluda de «manola». Exige justicia, pero en los juzgados delató a sus cómplices para salvarse. La frase del periodista Salvador Rodríguez lo retrata perfecto: «No es lo mismo invocar al diablo que verlo venir».
Por Isaac Guerra
Patricio «El Pato» Zambrano es un experto en invocar demonios. Lo ha hecho durante años en cada transmisión en vivo, en cada entrevista, en cada video que sube a sus redes sociales. Su fórmula es simple pero efectiva: señalar con el dedo, acusar, denunciar, gritar. Los políticos son su blanco favorito, y nadie se salva de sus dardos. «Miren esto», «miren lo otro», dice mientras exhibe supuestas irregularidades. Su discurso es de confrontación pura, de «yo contra el sistema», de valiente que no le teme a nada ni a nadie. Pero, ¿qué pasa cuando el diablo que invoca todos los días se materializa frente a él?
La historia de Zambrano está llena de episodios que evidencian esta contradicción. Uno de los más emblemáticos ocurrió en el ámbito deportivo. Corría el año 2010 y el ahora activista político fungía como comentarista en el programa «La Peña Futbolística» de Televisa Monterrey. En ese espacio, y ante los malos resultados del equipo Tigres, lanzó una frase que le costaría cara: «Todos, desde el utilero hasta Carlos Miloc, que se vayan a chiflar a su madre». Fue una de sus clásicas declaraciones bravas, lanzadas a distancia, sin contemplaciones.
El problema fue que don Carlos Miloc, un histórico del futbol mexicano y un hombre de temperamento legendario, no era de los que se quedaban callados. El «Tanque» Miloc, que en paz descanse, se enteró de la declaración, y en lugar de responder a través de un comunicado o en redes sociales, hizo lo que ningún político o figura pública suele hacer con Zambrano: lo enfrentó en persona. El exentrenador llegó al set del programa donde trabajaba Zambrano, lo retó cara a cara y estuvo a punto de golpearlo con su bastón.
Fue entonces cuando el discurso bravo de «El Pato» se desmoronó. Zambrano, que momentos antes había pedido que corrieran a todos, desde los utileros hasta un histórico del futbol mexicano, se negó a pelear y sacó una excusa: que no le pegaba a Miloc porque era una persona mayor. La frase de Salvador Rodríguez se cumplió al pie de la letra: no era lo mismo invocar al diablo —en este caso, retar a un hombre de carácter legendario— que verlo venir y tenerlo enfrente. Zambrano no tuvo el valor para sostener su discurso en el cara a cara.
Su relación con la actriz y política Irma Serrano, «La Tigresa», es otro capítulo que expone su modus operandi. Tras salir de Big Brother en el 2000, Zambrano inició una cercana amistad con Serrano, que muchos interpretaron como un romance debido a la constante presencia de ambos en eventos públicos y el hecho de que él llegó a vivir en su casa. La relación duró cerca de ocho años, pero terminó de la peor manera posible. En 2009, Serrano lo demandó por abuso de confianza y fraude, acusándolo de haber vendido una de sus casas sin su autorización. La mujer que en paz descanse aseguró que Zambrano se aprovechó de ella para despojarla de parte de su patrimonio, una acusación grave que manchó su imagen. Años después, cuando la actriz falleció, el «Pato» negó las acusaciones y aseguró que ella nunca lo demandó, pero los registros periodísticos de 2009 contradicen su versión. Invocó el diablo del escándalo y el interés, y cuando la justicia llamó a su puerta, el valor se le esfumó.
El patrón se repitió en el caso más reciente y grave: el proceso judicial por despojo de una casa en Apodaca. Zambrano irrumpió en una vivienda junto a varias personas, rompiendo candados y simulando una autoridad que no tenía. La Fiscalía de Nuevo León abrió una carpeta de investigación por el delito de despojo. Cuando el proceso judicial avanzó, y el «diablo» se materializó en forma de juez y fiscal, Zambrano tomó una decisión que delata su verdadero carácter: en lugar de enfrentar el proceso con la misma bravura que muestra en sus discursos, delató a sus propios cómplices para salvarse a sí mismo. El Fiscal General de Justicia confirmó que la declaración de Zambrano fue determinante para obtener una sentencia condenatoria contra los abogados que participaron en el despojo, mientras que «El Pato» obtuvo el beneficio del «criterio de oportunidad» y quedó libre. No es lo mismo invocar al diablo de la justicia todos los días en redes sociales, que tenerlo enfrente en un juzgado.
Pero la historia no termina ahí. Hace apenas unos meses, el «independiente» que decía no necesitar de los partidos se afilió a Movimiento Ciudadano y aceptó una candidatura para la alcaldía de Santa Catarina, invitado por el gobernador Samuel García, a quien antes había criticado con saña. El mismo que encabezó una protesta en contra del alcalde de Santa Catarina, Jesús Nava, ahora acepta ser el abanderado del partido en el gobierno estatal para competir en ese mismo municipio. Mientras tanto, las acusaciones legales se acumulan: este mismo mes fue imputado por amenazas y difamación.
«El Pato» Zambrano construyó su carrera invocando demonios para entretener a sus seguidores y alimentar su ego. Ha sido un experto en hacer ruido, en emitir juicios desde la comodidad de un set o una red social, pero cuando la realidad lo enfrenta, su valor se diluye. La frase de Salvador Rodríguez, el periodista de ESPN, lo retrata con una precisión quirúrgica: no es lo mismo invocar al diablo que verlo venir. Zambrano ha invocado al diablo todos los días, pero cuando el diablo llegó —en forma de un juez, de una denuncia, de un político o de un histórico del futbol frente a frente— él fue el primero en bajar la mirada y buscar la salida más fácil. Su historia no es la de un luchador social, sino la de un personaje que aprendió que es más fácil hacer ruido que pagar las consecuencias.